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Ficciones: la máquina de la Justicia

Se encontraron a escondidas. Fue en el parking subterráneo de un shopping antiguo

30/03/2008
Roberto Baggio, en el Mundial de Estados Unidos (1994)No había cámaras ni seguridad. Sólo unas cuantas tiendas aún trabajaban allí, antes de mudar sus bártulos hacia la nueva galería céntrica.
 
El ex jugador vestía jeans, una camisa blanca hindú y tenía un arito en la oreja izquierda.
El hombre de la máquina de la justicia llevaba traje azul, zapatos negros y una corbata gris. Su mano derecha cargaba con un portafolio de cuero.

Se saludaron con un cabezazo tímido hacia arriba. Y sin hablar, el hombre le indicó el auto polarizado al costado de las rayas blancas en el piso.


El cheque sólo sería entregado luego de transformar su frustración. Esa que inundaba al tipo desde el Mundial ‘94


Habían acordado los detalles por escrito. Cartas sin remitente, entregadas en mano y nada de llamadas telefónicas. El cheque sólo sería entregado luego de transformar su frustración. Esa que inundaba al tipo desde el Mundial ’94. 

Hacía tiempo que él creía en otras energías, en otras sintonías y también en otra espiritualidad de la que nos quieren convencer día a día. Era transparente como sus ojos. Y lideraba desde su palabra como antes lo había hecho con la pelota en sus pies mágicos.

Nadie los vio entrar al auto. Nada se veía desde el exterior de la máquina. 


Cuando acomodó la pelota ante 70 mil personas que gritaban y ante el planeta entero detrás de las pantallas, esta vez no decidió el lugar ni la altura. Esta vez esperó...


El tipo se quedó en calzoncillos como le indicó el hombre de traje, y se dejó conectar cables, sensores y audífonos por todo el cuerpo. Le puso un casco en la cabeza y un antifaz magnético sobre los párpados. Delante suyo había un tablero con botones de mil colores de donde salían sonidos agudos, extraños como si fuera una nave espacial. El hombre le dio la señal y bajó bruscamente una palanca. Justo en ese instante se levantó una polvareda afuera, pasó una ambulancia sireneando veloz y unos murciélagos chillaron asustados.

Fue como meter los dedos en el enchufe, el cuerpo del ex futbolista empezó a temblar mientras los flashes de imágenes comenzaban a llegar a su mente, a sus venas, a sus sentidos. “Sólo repetí lo que deseas, lo que deseaste en ese instante y no sucedió. No tendrás otra oportunidad, No te juegues en contra” le había ordenado el hombre justicia.

Entonces, de una manera alucinante, él volvió a ese momento. Vio sus gambetas y esquivó las patadas, olfateó el pasto en la caída después del gol contra España y segundos más tarde, sintió el cansancio en el tiempo suplementario de la final. Entonces vio la cara de susto del masajista y al técnico rezándole a su Dios. Salió caminando desde el círculo central con la adrenalina como un terremoto, atrás sus compañeros permanecían en un puño. La portería parecía el mar en una playa gigante. Era un horizonte lejano y nebuloso. Se dio vuelta, como no había hecho aquella vez, y le guiñó un ojo a su masajista que tiritaba. Su corazón estaba en 190 pulsaciones. Los cables de la máquina se hinchaban como su rostro, como sus piernas que andaban en el vacío del auto. 

Cuando acomodó la pelota ante 70 mil personas que gritaban y ante el planeta entero detrás de las pantallas, esta vez no decidió el lugar ni la altura. Esta vez esperó, esperó al portero como tantas veces lo había hecho en la Fiorentina. El brasilero se jugó a su derecha y él vio la pelota entrar suave en el otro costado y apenas besar la red. Se produjo un cortocircuito impactante en el coche, pero el hombre se mantuvo firme sosteniendo al pateador mientras convulsionaba. Temió por su muerte. Entonces lo vio sonreír. Y alzar sus manos. Abrazar al aire más de mil veces y gritar Campeón! Campeones del mundo! Estaba eufórico y parecía que lo llevaban en andas por la postura virtual de su cuerpo.

Cuando por fin volvió en sí, en su semblante ya no existían arrugas ni marcas de tristeza pese a la edad. Quedó inconsciente por unos minutos y luego de la medicación se despertó lentamente.

Cuando Roberto Baggio salió del coche mirando hacia los costados, nada había cambiado a su alrededor. Pero la oscuridad de esa pesadilla constante se había borrado.

Se había hecho justicia.




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