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Soldados y enanos
Le gustaba llamarlos “El Escuadrón”. Hacían fila de a tres para entrar en calor. Hop-hop-hop ante cada salto, ante cada orden. Debían llevar los pantaloncitos apretados, las camisetas adentro y las medias altas si no querían quedar fuera o ser multados.
06/09/2008
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Nada de aretes, nada de pelos largos ni tatuajes que mancharan la imagen.
Hop-hop-hop, gritaba “el Sargento” Tonos, ante cada dribling a los conos, ante cada flexión de brazos (de las 200 cotidianas).
El sueño de los muchachos era inmenso. Como un horizonte montañoso, infinito, que no se puede abarcar y en el que se quiere vivir hasta la eternidad.
El sueño era llegar un día a ser profesionales. El sueño contenía mucho más que la obediencia, ellos lo sabían. El sueño era un estadio con 80 mil personas y una camiseta pegada a la piel.
-Invasores, son invasores, no los miren… son mentiras… los llevarán al fracaso… -vociferaba “el Sargento”.
El sueño era un estadio con 80.000 personas y una camiseta pegada a la piel
Ellos, los invasores, utilizaban las mismas canchas de entrenamiento una vez por semana. Eran bajitos, morrudos, sin músculos marcados ni espaldas derechas. Entraban en el césped riendo, hacían un rondo para calentar y técnica individual para aflojar las piernas. Su entrenador, el Muiso, parecía un pastor relajado que predicaba el buen juego y se enfermaba si alguno tiraba el balón afuera de manera grosera. Los pequeños herejes engañaban con sus cinturas de boxeadores creídos, falsificaban las flechas de los pizarrones de estrategia y festejaban los goles de manera orgásmica, eufóricos revoleaban sus camisetas por el aire y se amontonaban tirados en el piso.
Los soldados estaban siempre frescos, intactos luego de una hora de estabilidad corporal para prevenir lesiones. Sin embargo, sus rostros denotaban un acostumbrado aburrimiento. Acataban, eran prácticos y efectivos pero su juego no salpicaba rayos de sol.
Los dos equipos marchaban al frente de la clasificación. Eran el agua y el aceite. El uniforme y el hippismo. El deber y la diversión. Sin embargo, pese a la insistencia de sus comandantes, el fútbol los obligó a juntarse. A mezclar sus orígenes, sus experiencias, sus mañas y sus trucos, y a compartir los mismos colores. La selección de la Provincia los había convocado y estrenaría con todas sus figuras: los gigantes y los enanos, los disciplinados y los subversivos. Todos en un solo vestuario. Olía a lío.

Esa noche “el Sargento” Tonos no durmió pensando en cómo se irían a saco sus enseñanzas de guerra. Así como el esfuerzo en inculcar sus métodos y las tácticas, “sinónimo de estructuras imprescindibles para sobrevivir” como repetía a menudo, todo se esfumaría.
En cambio “el bohemio” Muiso se emborrachó con sus amigos y golpeando la mesa con su puño decía: -Pobres pibes, se van a matar con aquellos cuadrados de hielo, les sacarán la frescura… pobres pibes.
La desconfianza era mutua, la inseguridad también.
La gente de la Provincia vivió aquella semana sumergida en la polémica. En cada bar se hablaba de estilos de vida, de valores innegociables, de batalla de principios. Gritaron, discutieron efusivos los adultos y viejos en las esquinas, recordando el pasado, entre venganzas y rencores. Entre dialectos de época y modernos lenguajes del tablón.
Mientras los chicos permanecieron concentrados en el Retiro del Monte, a cargo del ”Sabio” Morales. Hombre respetado por su trayectoria y su coherencia, por sus silencios largos y sus acotaciones precisas. Él tenía una idea de unión futbolística más allá de los prejuicios, tenía un proyecto ambicioso más allá de los obstáculos pintados de convivencia. Y transmitía simpleza y sinceridad a sus jugadores. Nada más. Nada menos.
Cuando nadie lo veía, en madrugadas de desvelo, se paseaba en piyamas por el Retiro, armaba equipos imaginarios en su cabeza y escuchaba ruidos lejanos, estallidos de euforia. Desde la humildad, él soñaba noche a noche con la gloria y trabajaba sigiloso para alcanzarla alguna vez.
Estuvieron una semana en el Retiro. Bajo su mirada. Con entrenamientos nuevos y dinámicos, tareas extra deportivas con responsabilidades personales y juegos grupales, mezclados unos con los otros. Entrenaron hasta el cansancio. Se relajaron con las actividades con balón que daban premios, y por las noches cantaron y conocieron más al vecino de cuarto con el que, tal vez, nunca hubieran cruzado palabra alguna.
Los dos equipos marchaban al frente. Eran el agua y el aceite. El uniforme y el hippismo
Cuando el debut finalizó, la gente de la Provincia aplaudió a rabiar por el triunfo pero más aún por la cátedra de fútbol que habían presenciado de la nueva generación de jugadores. Abrazados los vieron sonreír a sus hijos, a sus sobrinos, a los chicos del barrio. Los enanos habían desarrollado una rapidez táctica inédita hasta allí. Tenían sólo 15 años, eran esponjas y aprendían de sus maestros y más todavía de las virtudes de sus (antiguos) rivales y la admiración que éstos les provocaban. Los soldados, en cambio, se animaron a las paredes y a las gambetas estéticas, de amague y zancadas largas aprovechando su potencial físico como nunca. Empujados por emociones desconocidas.
Saludaron al público hechos una piña y se prometieron un encuentro en la semana, en el campito para disputar un mano a mano después del entreno. La competencia también era innata.
En las gradas mientras, el Sargento aplaudía y al mismo tiempo quería agarrarse la cabeza… parecía un personaje desconcertado de una película muda. Del otro lado, el Muiso filosofaba y se relamía con ser el descubridor del talento de sus chicos.
Quizá ya era muy tarde para ellos. Quizá eran demasiado mayores y demasiado necios para cambiar.
Para crecer. |
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