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Ficciones: El 17, la desgracia

El gato enjaulado se mecía de un lado a otro del cuadrado permitido. Su caminata era continua. Nerviosa. Parecía hablar solo mientras realizaba el ritual.

16/03/2008
De vez en cuando un grito furioso rugía de su garganta. Acompañaba a su vozarrón un gesto con su brazo que apuntaba sin piedad a un hombre que deambulaba entre los uniformados vestido de amarillo.

El gato enjaulado era rubio y flaco. Y movía los hombros para descansar de lo que veía y de aquel cerebro revolucionado que no paraba un segundo, que no le daba respiro entre tantas ideas, tantas soluciones. Tantas jugadas vistas y analizadas y practicadas que serían el piloto perfecto en esa lluvia de pelotazos, en lo que se había transformado el partido. Sus rasgos faciales se chupaban cuando se ponía nervioso.

Esperó a que el gato enjaulado llegase embarcado en su vértigo y cuando lo tuvo al alcance del brazo, y de frente, le encajó la trompada más violenta y precisa que vi


El gato enjaulado entonces dejó a su primera substitución, al ver que éste no correspondía con el beneficio de su equipo y con sus órdenes, sólo 17 minutos en el campo. Y aprovechó su segundo cambio para corregir, y tal vez ganar el encuentro. Era lo que importaba, era lo que debía hacer según su convicción, para lograr el objetivo. Para que el funcionamiento siguiera su rumbo hacia el éxito grupal.

El número 17 del Estación Central esperó su momento callado y con mucho trabajo en la semana. Hizo caso ante cada indicación de volver rápido luego de tirar los centros, de moverse veloz y en dirección contraria que su centrodelantero y hasta de seguir al lateral cada vez que subía al ataque en las prácticas. 

El número 17 sabía lo que le podía dar al equipo. Sabía que su gambeta imprevisible desconcertaría a un rival cansado si le daban minutos. Soñaba con tirar el centro de gol que definiría el partido y así, ayudar a su equipo a vencer la liga tan esperada. Sigiloso comió banco todo el campeonato, desoyendo ofertas de otros clubes, sin darle importancia a los rumores que él tenía que jugar por sobre un compañero. Y se internó en la perfección de su técnica, de su último pase y de sus filosos centros combados al segundo palo.

Fue el árbitro el que tuvo que avisarle tocándole la espalda y señalándole su número: el 17. “La desgracia” dijo un viejo en la tribuna y agregó “pobre pibe”. Ni saludó a su compañero avergonzado y que entraba al terreno de juego como pidiendo disculpas. Ni miró a los hinchas. Ni siquiera se rió irónico. Fue derecho hacia la línea de fondo y caminó lento hacia el banco de suplentes. El viejo dijo “pero no tiene orgullo, yo me voy derecho al vestuario si me sacan a los 15 minutos de entrar”. El partido siguió aunque las miradas se inclinaron hacia la camiseta 17, ahora afuera del pantalón. Tanto practicar, tanto centrar, tanto callar, tanto reprimir. Pasó el banderín del córner y se cruzó con un fotógrafo que lo miró con pena. Masticó rabia de perro recién mordido, tragó el infierno de ver detrás del telón a los actores saludando sudados y felices. Y cargó el arsenal. Esperó a que el gato enjaulado llegase embarcado en su vértigo y cuando lo tuvo al alcance del brazo, y de frente, le encajó la trompada más violenta y precisa que vi en un campo de fútbol. Los ojos marrones del gato dieron dos vueltas, el nocaut fue total, su cuerpo quedó tendido dentro del cuadrado permitido.

Hubo un silencio que paralizó el estadio. Parecía un instante irreal o simulado. Pero fue tan fuerte la caída que la primera reacción fue la del doctor del equipo. Ningún jugador entendía nada. Sólo el ayudante del gato saltó ensimismado para vengar a su colega. Pero también rebotó en el látigo derecho del 17.

El ex extremo derecho del Estación Central, que hoy es presentado en cada una de sus peleas como “El Portador de Desgracias”. Mientras salta con la bata puesta y mueve sus pies con una rapidez descomunal, dice que antes de cada batalla se acuerda del gato enjaulado. Dice que la humillación le provoca odio y que convierte su amargura en energía.

En este rincón señoras y señores, anuncia el presentador: directo de Villa Tapiales, con 75 kilos, invicto, 40 ganadas, 36 por nocaut… Portadooooor de Desgracias. Y ante la ovación se saca la bata dorada con el 17 en la espalda bordado con diamantes, tira guantazos al aire y saluda al público.
Entre ellos, el hombre que acabó con su futuro de jugador profesional. El gato enjaulado aplaude a reventar con su nariz desviada y su título de campeón con Estación Central en su historial.




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