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LADISLAO JAVIER MOÑINO |
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| Periodista, redactor del diario Público. |
Por eso en mi infancia me dolían las derrotas de los equipos en los que jugaban futbolistas a los que trataba de imitar. El fútbol que a mí me gusta habla de clase y de elegancia. Por eso admiraba a Tendillo, a Pintinho, a Montero, al Nene Suárez, a Schuster, a Juanito, a Simonssen, a Solsona, a Arias, a Dirceu, a Mágico González, a Cunningham, a Gordillo, a Cardeñosa, a Zamora, a López Ufarte, a Dani y a Sarabia. Y cuando en septiembre llegaba de sus vacaciones en Benidorm un amigo de la infancia que traía bajo el brazo números de la revista internacional ONZE, ampliaba mis gustos a Trevor Francis, a Keegan, a los ya decadentes Maier y Beckenbauer, a Rummenigge, a Briegel, a Magath, a Platini, a Tigana, a Giresse, a Tresor, a Six, a Scirea, a Zoff, a Ardiles, a Maradona, a Passarella y al loco Houseman, a Zico, a Falcao, a Junior y a Sócrates.
El fútbol que a mí me gusta concibe un portero de vuelos imposibles, a laterales que juegan como extremos o son los mejores defendiendo. Me repatean los centrales que no saben jugar la pelota y añoro a esos líberos que con la cabeza alta abandonaban la cueva para jugar bien de todo con la pelota pegada a sus botas. Me encienden, me revuelve las tripas y me ponen de mala hostia los muchos centros desde las bandas que veo caer en las gradas cada domingo. Entonces, me viene a la memoria Míchel. El fútbol que a mí me gusta contiene mediocentros capaces de jugar en largo y en corto, con un disparo lejano alemán y que también desbordan. Por supuesto, caben los regateadores puros, los chupones virgueros que tanto desprecian y a la vez tanto temen los entrenadores cuando los tienen enfrente.
Respeto a los goleadores que sólo saben rematar, pero no me llenan, porque cuando no les producen juego para ellos dejan al equipo con diez. Empecé a madurar y a procesar al delantero total con Van Basten y con Romario. El fútbol que a mí me gusta aprecia la elegancia en el cruce y en el corte, la chispa y el incendio emocional que provoca en las gradas un regate o un remate ejecutado como dios manda: direccionado con violencia a las escuadras; tocado con suavidad por encima de un portero o entrando despacio por un palo. El fútbol que a mí me gusta es el del futbolista total, porque en las plazoletas de mi barrio –Moratalaz– había que hacerlo todo bien para que consideraran y respetaran tu yo futbolístico.
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